Cada fin de semana, cientos de jugadores saltan a las canchas de la Liga Tucumana de fútbol bajo una condición inquietante: que no ocurra nada grave. Es la conclusión que surge de escuchar a dirigentes, árbitros y protagonistas del fútbol nuestro de cada fin de semana. Todos coinciden en algo. Ante una lesión complicada, la respuesta suele depender más de la improvisación que de un protocolo. Una moto, una camioneta particular, el llamado urgente al 107, los bomberos voluntarios o algún vecino con conocimientos de primeros auxilios terminan ocupando el lugar que debería tener un sistema de asistencia sanitaria organizado. Pero lo más preocupante de todo es que nadie parece sorprenderse porque a esta altura ya está naturalizado que así sea.
Esa naturalización del riesgo suele ser el síntoma más evidente de los problemas estructurales; y para colmo, en este caso, el riesgo es demasiado grande. Porque el fútbol amateur no está exento de emergencias médicas. Las lesiones graves existen y los traumatismos también. Los episodios cardíacos existen y lo que hasta ahora no ocurrió puede suceder mañana o en cualquier momento.
La pregunta incómoda es sencilla y salta a la escena de inmediato. ¿Qué explicación podría ofrecerse si algún día ocurre una tragedia?
Los clubes tienen razones válidas para señalar que no pueden afrontar el costo de una ambulancia. Las cifras que manejan muchas instituciones son alarmantemente deficitarias. Algunas ni siquiera logran cubrir los gastos de organización de un partido; por lo que exigirles individualmente una solución que excede sus posibilidades económicas sería desconocer la realidad.
Pero eso tampoco puede transformarse en una excusa para aceptar que todo siga igual. Tampoco parece razonable trasladar toda la responsabilidad a la Liga porque el problema va más allá. La propia dirigencia admite que Tucumán enfrenta limitaciones logísticas y una disponibilidad insuficiente de ambulancias para cubrir simultáneamente la enorme cantidad de partidos que se disputan cada fin de semana.
Precisamente por eso el debate ya no puede postergarse. Si el sistema actual no permite garantizar una cobertura sanitaria mínima, entonces corresponde sentar a todos los actores en una misma mesa: la Liga, los clubes, el Estado provincial, los diferentes municipios, el sistema de salud, las aseguradoras y también los organismos de emergencia. No se trata de buscar culpables, sino de encontrar soluciones.
El fútbol tucumano cumple una función social enorme. Contiene a miles de chicos, genera pertenencia, moviliza comunidades enteras y mantiene vivas instituciones que muchas veces son el corazón de los barrios y de los pueblos del interior.
Justamente por ese valor social resulta inadmisible que la seguridad sanitaria dependa solamente de la buena voluntad, de la suerte o de la capacidad de reacción de quienes estén presentes en una cancha.
Nadie pretende un sistema perfecto de un día para otro; pero sí un plan para ir haciendo frente a las contingencias. Porque cuando un jugador lesionado debe abandonar una cancha en moto, el problema ya dejó de ser deportivo; y cuando la respuesta ante una emergencia consiste en rezar para que no pase nada grave, el fútbol entero está jugando un partido que nunca debería aceptar disputar.